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Paisajes de Zimbabwe: Entre el fantasma de la colonia y el marketing del futuro verde
Estamos en febrero de 2026, en las orillas del río Zambeze, donde el vapor de las cataratas humedece el aire como un susurro constante. Ahora, en este febrero de 2026, Zimbabwe no es solo un mapa de recuerdos polvorientos; es el tablero donde el lujo más salvaje y la urgencia climática juegan una partida de ajedrez que definirá el futuro de África.
El sol cae sobre el río Zambeze con una pesadez anaranjada, de esas que te obligan a entrecerrar los ojos mientras sostienes un gin-tonic que parece traído directamente de otra época. Aquí, en la terraza de un hotel que ha visto pasar imperios, el tiempo no corre, se desliza. Siento la humedad pegada a la piel, un recordatorio físico de que las «Cataratas Victoria» —o Mosi-oa-Tunya, el humo que truena— están ahí mismo, rugiendo como una bestia dormida. Es una escena que podrías encontrar en una postal de 1920, pero hay algo diferente. Si afinas la mirada, entre los helechos y las columnas de estilo eduardiano, ves terminales de pago invisible y paneles solares camuflados bajo techos de paja. Zimbabwe está viviendo un momento extraño, una especie de renacimiento retro-futurista que me ha traído hasta aquí para entender si estamos ante un milagro de conservación o ante el último banquete de un modelo que se agota.
The Victoria Falls Hotel: el alma retro que aún respira
Caminar por los pasillos de The Victoria Falls Hotel es como leer una novela de Graham Greene mientras alguien te susurra al oído los precios de una suite en 2026. Este edificio es el epicentro de esa tensión entre lo que fuimos y lo que queremos ser. Construido originalmente para alojar a los trabajadores del ferrocarril de Cecil Rhodes, hoy es el estandarte de un turismo que se niega a soltar la elegancia de los guantes blancos pero que necesita desesperadamente el dinero del viajero moderno.
Recuerdo haber leído que a principios del siglo XX, los tours organizados desde Ciudad del Cabo vendían este lugar como una alternativa exótica a los balnearios europeos. Era el África-museo, un decorado virgen donde el hombre blanco podía jugar a ser explorador sin mancharse las botas. Pero tras la independencia de 1980, el país heredó este cascarón de nostalgia. Lo que hoy veo en The Victoria Falls Hotel no es solo un negocio hotelero; es un ejercicio de equilibrismo. Siguen sirviendo el té de las cinco con una precisión quirúrgica, pero el discurso ha cambiado. Ya no se trata de dominar la naturaleza, sino de ser sus custodios, aunque el uniforme de los camareros siga recordando a un pasado que muchos preferirían olvidar. Es la estética vintage puesta al servicio de una economía que necesita desesperadamente divisas.
Zimbabwe: World of Wonders y la ambición de 2030
Si sales de la burbuja de los hoteles coloniales, te chocas de frente con la nueva narrativa oficial. El gobierno ha puesto toda la carne en el asador con una marca que repiten como un mantra: Zimbabwe: World of Wonders. No es solo un eslogan bonito; es una declaración de guerra comercial. El objetivo es ambicioso: convertir al país en una economía de ingresos medios-altos para 2030, y el turismo es el motor que debe remolcar ese barco.
A finales de 2024, las cifras hablaban de 1,6 millones de turistas internacionales y unos ingresos que rondaban los 1.200 millones de dólares. Pero lo que realmente me vuela la cabeza es ese aumento del 83% en las llegadas durante el primer semestre de aquel año. Es como si el mundo hubiera decidido, de repente, que Zimbabwe es el lugar donde hay que estar antes de que todo cambie. El Ministerio de Turismo vende este crecimiento como la prueba de que su «Visión 2030» funciona. Pero, como ocurre con las cataratas, bajo la superficie de la espuma blanca hay corrientes profundas y peligrosas. ¿Puede un país que ha sufrido hiperinflación y sanciones reconstruir su infraestructura a la velocidad que exige el lujo global sin romper el delicado equilibrio de su tierra?
Hwange National Park y la sed de sus gigantes
Para entender el verdadero costo de este «boom», tuve que dejar atrás el confort de la ciudad y adentrarme en el Hwange National Park. Aquí, el paisaje es un lienzo de acacias y llanuras que parece infinito, pero la realidad es mucho más frágil. Hwange es el hogar de una de las mayores poblaciones de elefantes del mundo, pero también es el escenario de una batalla silenciosa contra la sequía.
El cambio climático aquí no es una gráfica en una pantalla; es el sonido de los elefantes rascando la tierra seca en busca de agua. El turismo en Hwange National Park depende totalmente de la presencia de estos gigantes. Los operadores turísticos se han convertido, de facto, en los ingenieros hidráulicos de la sabana, manteniendo pozos artificiales con bombas solares para que la fauna no muera de sed. Es una ironía fascinante: usamos tecnología de vanguardia para mantener viva una imagen de naturaleza salvaje que el propio clima está borrando. El modelo de safari fotográfico, que sustituyó a la caza mayor hace décadas, se enfrenta ahora a su mayor reto: cómo vender vida silvestre en un ecosistema que se está encogiendo.
Somalisa Camp y el nuevo lujo con sello solar
En mitad de este desafío, surgen lugares como Somalisa Camp, en el corazón de Hwange. Es aquí donde el concepto de «eco-turismo» deja de ser una etiqueta de marketing para convertirse en una forma de supervivencia. En Somalisa Camp, el lujo no se mide por la cantidad de mármol en el baño, sino por la huella que no dejas.
Operan con energía solar casi al 100%, reciclan cada gota de agua y han eliminado los plásticos de un solo uso con una disciplina casi militar. Cenar aquí, bajo un cielo que parece tener más estrellas que oscuridad, mientras escuchas a un elefante beber de la piscina de inmersión a pocos metros, es una experiencia que te cambia el pulso. Pero también te hace pensar. Este es el segmento alto del mercado, el que puede permitirse certificaciones como el Green Tourism Gold. Es un refugio de sostenibilidad para una élite consciente, pero me pregunto qué pasa con los operadores pequeños que no tienen el capital para instalar parques solares o sistemas de tratamiento de aguas. La brecha entre el lujo «verde» y la realidad económica del resto del país es un abismo que el marketing de las maravillas a veces prefiere ignorar.
Victoria Falls Safari Lodge y el reto de ser verde de verdad
De vuelta cerca de la civilización, visito el Victoria Falls Safari Lodge. Este lugar es famoso no solo por sus vistas, sino por su «restaurante de buitres», un programa de alimentación suplementaria que ayuda a conservar a estas aves necrófagas esenciales para el ecosistema. Es un ejemplo perfecto de cómo el turismo puede integrarse en la biología local.
En el Victoria Falls Safari Lodge, me explican que la sostenibilidad es un proceso, no un destino. Tienen sistemas de compostaje y políticas de residuo cero que son ejemplares. Sin embargo, la tensión sigue ahí. Mientras ellos se esfuerzan por reducir su impacto, el número de vuelos internacionales que aterrizan en el aeropuerto de Victoria Falls no para de crecer. Es la gran paradoja del viajero moderno: volamos miles de kilómetros quemando queroseno para llegar a un lodge que nos sirve verduras orgánicas regadas con agua reciclada. Zimbabwe es hoy el laboratorio donde esta contradicción se vive con más intensidad. ¿Es suficiente con ser un oasis verde si el desierto avanza a tu alrededor?
KAZA y el sueño de una frontera sin vallas
Hay una idea que sobrevuela todo el debate sobre el turismo en esta región: el Área de Conservación Transfronteriza Okavango-Zambeze, conocida como KAZA. Es un proyecto titánico que involucra a cinco países, con Zimbabwe en el centro. La idea es simple y hermosa: que los animales puedan migrar sin entender de fronteras políticas, creando el mayor santuario de vida silvestre del planeta.
Dentro del marco de KAZA, Zimbabwe tiene la oportunidad de dejar de ser un destino aislado para convertirse en el nodo de una red de conservación global. Pero la realidad es tozuda. Las comunidades locales, las que viven en los bordes de estos parques, a menudo ven a los elefantes no como un activo turístico, sino como una amenaza para sus cultivos y su seguridad. Si el dinero de los lodges de lujo no llega a las escuelas y a los pozos de los distritos rurales, la conservación será siempre vista como un invento de extranjeros para extranjeros. He visto proyectos financiados por operadores que intentan cerrar esta brecha, pero a veces parecen parches filantrópicos en un sistema que necesita una reforma estructural.
Zimbabwe frente al espejo: ¿progreso o enclave?
Al final de este viaje, me queda una sensación agridulce. Zimbabwe es, sin duda, uno de los lugares más bellos y auténticos que he pisado. La calidez de su gente —que ha sobrevivido a tormentas económicas que habrían hundido a cualquier otro país— es su verdadero tesoro, mucho más que el oro o los diamantes.
Pero el modelo de «enclave turístico», donde resorts de lujo funcionan como islas de prosperidad desconectadas de la realidad local, sigue siendo un fantasma difícil de ahuyentar. El país está en una encrucijada. Por un lado, la vanguardia turística empuja hacia un futuro de alta tecnología, sostenibilidad de élite y crecimiento de dos dígitos. Por otro, la resistencia —formada por científicos críticos y comunidades rurales— advierte que no podemos construir un paraíso sobre cimientos de barro climático y desigualdad social.
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By Johnny Zuri
La noche ha caído totalmente sobre el Zambeze. El rugido de las cataratas parece haber subido de volumen, como si la naturaleza quisiera tener la última palabra en esta conversación. Zimbabwe tiene todo para liderar el turismo africano del siglo XXI: historia, belleza cruda y una voluntad de hierro. Pero el éxito no se medirá solo en cuántos ceros tenga la cuenta de resultados del Ministerio de Turismo en 2030, sino en si los hijos de quienes hoy mantienen las bombas solares en Hwange podrán seguir viendo a los elefantes libres, y no solo en los libros de historia o en las pantallas de un museo futurista.
Dudas reales sobre el viaje a Zimbabwe en 2026
¿Es seguro viajar a Zimbabwe ahora mismo? Sí, es uno de los destinos más estables de la región para el turista. La seguridad en las zonas de parques y en Victoria Falls es muy alta, y la hospitalidad local es legendaria.
¿Cuánto cuesta aproximadamente un safari de lujo en Hwange? Los precios varían, pero en campamentos de alta gama como Somalisa, puedes esperar pagar entre 700 y 1.200 dólares por persona y noche, con todo incluido (comidas, safaris y tasas de conservación).
¿Cuál es la mejor época para ver las Cataratas Victoria? Para verlas en todo su esplendor (mucho vapor y ruido), de marzo a mayo. Para ver la formación rocosa y hacer actividades como el rafting, de agosto a diciembre, cuando el caudal es bajo.
¿Realmente se nota el impacto del cambio climático en los safaris? Sí, especialmente en la concentración de animales cerca de los pozos de agua artificiales y en la vegetación. Los guías ahora integran esta realidad en sus explicaciones, lo que hace el viaje más educativo pero también más sobrio.
¿Es necesario visado para entrar al país? Para la mayoría de las nacionalidades occidentales se puede obtener el visado a la llegada (Visa on Arrival). Existe la KAZA Univisa que te permite cruzar también a Zambia de forma sencilla.
¿Cómo puedo contribuir a la economía local más allá del hotel? Comprando artesanía directamente a los artistas, contratando guías locales independientes para actividades específicas y visitando proyectos comunitarios que tengan una gestión transparente.
¿Estamos dispuestos a pagar el precio real de la conservación si eso significa que el turismo de masas debe tener límites estrictos?
Si el lujo del futuro es el silencio y la naturaleza virgen, ¿quién tendrá el derecho a decidir quién puede acceder a ellos?



