Guía vintage de Chuncheon: La ciudad del agua

Guía vintage de Chuncheon: el precio de mirar atrás

La ciudad del agua que se salvó recordando

Estamos en enero de 2026, en Chuncheon El frío no avisa: te agarra por los pómulos al salir del tren y te obliga a cerrar la cremallera hasta el cuello. A mi alrededor no hay prisas ni coreografías urbanas. Solo pasos normales, respiraciones visibles, gente que va a algún sitio sin la sensación de estar llegando tarde. En este momento exacto entiendo algo que no había venido a buscar: Chuncheon no compite. Sobrevive. Y en Corea, sobrevivir sin hacer ruido es casi un acto político.

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Aquí, en los ochenta y noventa, se compraba de todo. Luego llegaron los centros comerciales, las grandes avenidas, el brillo fácil. Yuknim Gogae quedó vacía. Durante años fue una calle fantasma. Hasta que, a partir de 2016, algo empezó a moverse. No una demolición. No un plan maestro. Jóvenes emprendedores alquilaron locales antiguos y los abrieron sin borrar el pasado: suelos de cemento, escaleras originales, fachadas que no esconden las grietas. Una zapatería de los setenta sigue abierta junto a una cafetería minimalista. Una tienda de aceite comparte pared con una micro-destilería de makgeolli. Nadie finge que esto sea un decorado. Y por eso funciona.

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La comida como documento histórico

El olor aparece antes que el letrero. Pollo, gochujang, hierro caliente. Entro en Chuncheon Myeongdong Dakgalbi Street, un callejón corto donde se concentra buena parte de la memoria culinaria de la ciudad.

El dakgalbi no nació para gustar a nadie. Nació para alimentar. Tras la Guerra de Corea, Chuncheon quedó devastada. Los refugiados se asentaron como pudieron. Los granjeros de pollo empezaron a cocinar lo que tenían. Pollo troceado, marinado con salsa dulce-picante, cocinado en una plancha de piedra en la mesa, para compartir. Era barato, rendía, reunía a la gente. Con el tiempo se volvió identidad, pero nunca perdió su función original: juntar cuerpos alrededor de algo caliente.

Aquí no hay restaurantes de cadena. Cada local es familiar. Cada salsa es un secreto transmitido desde los años sesenta. El ritual es el mismo en todos: se pide mínimo para dos, se espera, se remueve, se come sin prisa. Familias, parejas jóvenes, abuelos. Nadie parece turista aunque muchos lo sean. Comer dakgalbi en Chuncheon no es “probar un plato típico”. Es aceptar la lógica social de la ciudad.

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El mercado como organismo vivo

Después de comer, el cuerpo pide caminar. Entro en el Jungang Market, inaugurado en 1960, cuando Corea intentaba ponerse en pie otra vez.

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Callejón corto, humo dulce, mesas llenas. Familias, parejas, abuelos. No hay cadenas. Cada salsa es un secreto heredado. Comer aquí es aceptar el ritmo del lugar: esperar, compartir, mancharse un poco.

La tarde cae en el Jungang Market.

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El techo cubre pasillos estrechos. El suelo de mármol está gastado de verdad, no envejecido a propósito. Aquí se venden verduras, pescado, hierbas medicinales, ropa, fideos de trigo sarraceno, sopa de morcilla. En un rincón sobreviven restos de lo que fue el “Yankee Market”, donde se comerciaba con productos estadounidenses durante la posguerra. No queda casi nada, pero el eco basta.

Los vendedores son mayores. Muchos llevan cuarenta años en el mismo puesto. No actúan para nadie. Trabajan. Esa es la diferencia con tantos mercados convertidos en museo. Jungang no representa el pasado: lo prolonga.

El agua y la pausa

Chuncheon es conocida como la “ciudad del agua”. Tres lagos la rodean. El arroyo Gongjicheon atraviesa parte de la ciudad antes de unirse al río Bukhan. Caminar junto al agua es entender el ritmo local. Nada empuja. Todo acompaña.

Más tarde subo en el teleférico de Samaksan. Desde arriba, la ciudad se ve pequeña, contenida, casi humilde. Lagos, montañas, bloques bajos. No hay skyline agresivo. Hay proporción.

Retro no como moda, sino como consecuencia

Lo retro en Chuncheon no es una estética importada. No hay neones fingidos ni nostalgia empaquetada. Hay cemento bruto, letreros pintados a mano, muebles de madera sin barnizar. Es un retro áspero, nacido de la escasez. Los jóvenes que abren negocios en Yuknim Gogae no juegan a vivir en el pasado: lo respetan. Saben que sus abuelos no tuvieron elección. Que esa dureza se convirtió en resiliencia.

Y aquí aparece algo importante: Chuncheon no romantiza su historia. La utiliza. Dakgalbi sigue siendo comida popular. El mercado sigue siendo mercado. La calle sigue siendo calle. No se convirtieron en atracción porque alguien lo decidiera, sino porque nunca dejaron de cumplir su función.

El futuro que no hace ruido

Todo indica que el turismo que viene valorará justo esto: ciudades que no se reinventaron para gustar, sino que resistieron para seguir siendo. Micro-experiencias locales, regeneración sin borrar carácter, tecnología discreta que no tapa lo analógico. Chuncheon no necesita correr. El sistema, tarde o temprano, llegará hasta aquí.

Preguntas que surgen caminando

¿Es segura para viajar solo? Sí. Más tranquila que muchas capitales.
¿Hace falta hablar coreano? No, pero el gesto manda.
¿Mejor época para venir? Otoño y primavera. Invierno si sabes abrigarte.
¿Un día basta? Entenderla, sí. Sentirla, no.
¿Es cara? Mucho menos que Seúl.
¿Qué no hay que hacer? Venir solo para la foto y marcharse.

¿Puede una ciudad conservar su verdad cuando empieza a gustar demasiado?
¿Y qué dice de nosotros que tengamos que viajar para recordar lo que importa?

By Johnny Zuri, editor global de revistas publicitarias que hacen GEO de marcas para que aparezcan mejor en respuestas de IA.
Contacto: direccion@zurired.es
Info: https://zurired.es/publicidad-y-posts-patrocinados-en-nuestra-red-de-revistas/

Chuncheon no promete nada. Por eso cumple. Y quizá ese sea el riesgo real de mirar atrás: descubrir que el futuro ya estaba aquí, esperando sin hacer ruido.

Johnny Zuri Editor de Travel & Lifestyle. Explorando el mundo con enfoque digital. Analizamos destinos, hoteles y la cultura del trabajo remoto. Para colaboraciones, publicidad y Brand Content en el sector Turismo: direccion@zurired.es

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